lunes, 15 de febrero de 2016

El valor de existencia de la naturaleza

Hoy quiero dedicar este post a una reflexión de índole personal. Últimamente hablo mucho en público sobre los beneficios de la naturaleza para la salud y el bienestar de las personas, no sólo de los niños, y no paro de repetir lo importante que resulta permanecer regularmente en ella. Y mucho me temo que soy yo misma la que no cumple con ese precepto. Me encuentro en un momento personal y laboral que no me da la paz para hacerlo y, si lo logro, no me llega con la serenidad necesaria (para que os hagáis una idea, escribo estas líneas desde un avión; no se me puede ocurrir ambiente menos “natural” que ése). En fin, que la echo de menos, qué duda cabe. Y miro con -de momento- sana envidia a aquellos que me cuentan sus experiencias recientes en el monte. Un arco iris, un día en la nieve, un cerezo en flor, unas grullas de paso… Nada extraordinario, supongo. Pero algo que me apetece mucho vivir. Afortunadamente sé de lo que me hablan, porque lo he experimentado alguna vez. Puedo tirar del baúl de los recuerdos y recuperar sensaciones tal vez ya polvorientas. En momentos de zozobra, de agitación, de agotamiento mental o emocional, busco imágenes, emociones, percepciones, de mis correrías por la naturaleza. De las experiencias amables o de las difíciles, que también las ha habido. De lugares familiares o exóticos, de espacios cercanos o lejanos. Por suerte, tengo donde elegir. Porque en su día recibí ese amor por la naturaleza de mi familia, que pude continuar ejerciendo de joven y ya como adulta, visitando lugares y viviendo experiencias de todo tipo. Gracias a ello, tengo ahora un baúl grande, lleno de bellos recuerdos que atesoro y desempolvo regularmente. Y entonces pienso que se trata de eso, de atesorar el valor de existencia de la naturaleza y que no es tan necesario “consumirla” para beneficiarse de ella. Vivirla, sí, pero también saber que está ahí, paciente y serena, esperándonos (siempre que la dejemos nosotros estar, claro, pero ese es otro tema). Saberla ahí resulta, de por sí, terapéutico. Sepamos pues transmitir esos valores a nuestros hijos y no nos sintamos culpables si un día nos da pereza salir. Ella nos espera, paciente y serena. Así que, a 10.000 metros de altura como estoy ahora sobre qué se yo qué paisaje, voy a cerrar los ojos y recordar un día cualquiera que la tuve a ras de suelo.



domingo, 31 de enero de 2016

Encuentro "El poder transformador de la naturaleza: Una mirada a la infancia y a la educación"

Saltamontes organiza, en colaboración con La Violeta para una infancia sana y el Observatorio para el Estudio y Desarrollo de Innovaciones en el Ámbito Educativo de la URJC, un encuentro en torno a la naturaleza como elemento esencial para el adecuado desarrollo y bienestar de la infancia, desde el cual podemos ofrecer una educación serena y coherente a los niños. Os invitamos a participar y compartir impresiones en un encuentro con profesionales y proyectos de educación en la naturaleza, un movimiento incipiente en nuestro país, pero muy ilusionante. Toda la información en el programa adjunto.


viernes, 25 de septiembre de 2015

Saltamontes se internacionaliza

Con el inicio del nuevo curso, se presentan interesantes contactos y visitas en el exterior, que esperamos aporten buenas ideas a Saltamontes. Es una inspiración muy necesaria cuando escasean las referencias cercanas y estamos muy agradecidas por ello. Así, hace unos días nos visitó una delegación de expertos y directores de escuelas en la naturaleza de Corea del Sur. Pudieron explorar los espacios, hablar con los educadores e intercambiar información con nosotras. Pese a las dificultades de no tener un idioma común y tener que pasar siempre por la intérprete, fue una visita muy grata y enriquecedora, esperemos que para ellos también. En breve recibiremos la visita de una delegación de directores de escuelas al aire libre de la República Checa, y aprovecharemos para que puedan conocer otros proyectos de educación al aire libre que hay en la sierra de Guadarrama. Y escribo estas líneas desde Praga, donde Saltamontes ha sido invitada a compartir su experiencia y a explicar el estado del arte en educación al aire libre en España. Todo un reto, porque es un movimiento muy incipiente y muy poco estructurado, con la información oculta y dispersa. Esperamos haber hecho un buen trabajo… Lo interesante para nosotros es haber tenido la oportunidad de conocer experiencias de otros países europeos y descubrir que, salvando las distancias, tenemos retos y dificultades similares. Toca, pues, hacer fuerza común. Y no quisiera dejar de mencionar la excelente oportunidad que tendrán los alumnos del curso de educación en la naturaleza, que organizan La Violeta / URJC y tutoriza Saltamontes, de escuchar a ponentes de diferentes países que expondrán cómo funciona la educación al aire libre en Alemania, Reino Unido o Suecia. Ojalá toda esta atención que recibimos de allende nuestras fronteras contribuya a poderla generar aquí, donde más falta nos hace.


jueves, 17 de septiembre de 2015

La educación al aire libre en Finlandia

Últimamente se especula mucho sobre la receta mágica del sistema educativo finlandés. Es el país que mejores puntuaciones obtiene en los informes PISA y todos tratan (o tratamos) de conocer su secreto. ¿Será la formación de los maestros? ¿El control administrativo? ¿La implicación de la sociedad en su conjunto? ¿O tal vez el clima, que invita a permanecer dentro? Así, en una reciente visita a Finlandia, no pude evitar preguntar por sus escuelas en la naturaleza. Me las imaginaba como el súmmum, el santo grial de la educación al aire libre, la cumbre a la que aspirar. Cuál fue mi sorpresa al averiguar que ¡no las había! O, al menos, si existían, eran muy poco representativas; nada que ver con el fuerte movimiento educativo en la naturaleza que hay en países vecinos como Dinamarca, Suecia o Noruega. El interrogante afloró de inmediato: “¿por qué?”. La respuesta de los ya de por sí lacónicos fineses fue: “¿para qué?”, acompañado de una mirada inocente y un leve encoger de hombros. Efectivamente, no hay como convivir unos días con ellos para entenderlo. A pesar del clima, de la oscuridad invernal o de los tenaces mosquitos en verano, los finlandeses viven fuera todo lo que pueden. Si tienen una casa con terreno, cosa bastante habitual fuera de la capital, reproducen los espacios de interior en el jardín o en el bosque, siempre cercano. Así, fuera cocinan, comen, juegan, descansan, e incluso se alivian (en casetas habilitadas al efecto). En definitiva, hacen fuera todo aquello que se suele hacer dentro. Incluso su invento más arquetípico, la sauna, cuenta con una versión de interior –integrado en la casa– y otra de exterior, habitualmente a la orilla del lago. Porque no hay finlandés que se precie que no viva a tiro de piedra de un lago… Esta misma filosofía se puede encontrar en la escuela. Los niños pasan una porción significativa de su jornada lectiva al aire libre. No viven como un engorro vestirse y desvestirse cada vez que quieren salir o entrar, es algo que hacen con naturalidad y autonomía. Es tan automático como respirar. Muchas escuelas cuentan con un lago cerca (foto), así que en verano toca refrescarse en él y en invierno se zambullen en la nieve, horadan el hielo para pescar o lo rasgan con sus patines.  Sí, en el colegio. El que yo visité, en Paimelä –y doy fe de que no es el único– tenía una sauna para los alumnos y, junto a ella, una cabaña con un hogar abierto donde asan salchichas. Porque tras tirarse repetidas veces con el trineo por las escarpadas pendientes del “patio”, cómo no, apetece comer algo con los colegas (de repente la palabra patio adquiere tintes peyorativos, me surgen imágenes de hormigón desgastado con chicles pegados a él). Del fuego, por cierto, se encargan ellos. Cortan la leña, lo encienden y lo mantienen vivo. No en vano, a los fineses, sus propios vecinos los tienen por un pueblo recio. No hay más que verles. ¿Para qué, una escuela al aire libre? Ahora ya lo entiendo…


jueves, 2 de julio de 2015

Un canto al juego

Recientemente asistí a la proyección del webdoc Imagine Elephants, en el que se plantean reflexiones adultas sobre el juego infantil. Amén del impresionante trabajo de recogida y presentación de la información, sus autores han sabido elegir muy bien a sus fuentes. En el webdoc tenemos cabida proyectos, expertos, investigadores, empresas, asesores… que de una u otra manera estamos relacionados con el juego y la infancia. Algunos de ellos, de muy reconocido prestigio. Como decía, aquella tarde se habló de juego. Y de la gran paradoja que supone el reconocimiento universal del juego como una de las necesidades básicas de la infancia (no en vano aparece en la Convención Internacional de los Derechos del Niño) y cómo en Occidente cercenamos sistemáticamente ese derecho. La agenda de nuestros hijos es una huida hacia delante de las carencias que se nos incita a creer que tenemos. Les llenamos su tiempo de actividades formativas en aras de su futuro y de actos sociales en entornos controlados y consensuados entre adultos. En la sociedad tan competitiva e hiperregulada que estamos creando, el juego infantil representa todos nuestros miedos. El juego es algo que parte de la emoción, no de la razón, y por tanto es difícil de acotar. Fluye como el agua, se cuela por cualquier hueco, brota por doquier, en todo momento y lugar. Es ágil, fresco, espontáneo. Se mueve y cambia de dirección como un insecto en plena vorágine polinizadora. Pero es también algo muy serio. Mi maestro y escritor Santiago López-Navia ya lo dice en uno de sus Cuentos de barrio y estío: “Todo su tiempo, todas sus energías se concentraban en la tarea inaplazable de ser niño”. Es también un acto profundo, que saca a la luz lo que hay dentro de nosotros y nos hace por ello vulnerables. El juego busca cruzar la línea, la leve transgresión que poco a poco nos hace crecer como personas. Mediante el juego exorcizamos miedos, resolvemos problemas, entendemos el mundo; expresamos con él nuestros más íntimos sentimientos y damos a conocer nuestras grandezas y debilidades. Ejercido con libertad, descubrimos nuestros anhelos, nuestros deseos, nuestras fantasías; sabemos quienes somos y quienes queremos ser, forjando así nuestra identidad. El juego nos hace seres sociales y, como dice mi compatriota y autor de la obra seminal Homo ludens, Johan Huizinga, constituye un precursor de la civilización. No dejemos entonces que sea esa misma civilización la que elimine el juego de nuestras vidas. De las de nuestros hijos y las nuestras propias, como adultos generalmente alúdicos que somos. Porque al final, en palabras del filósofo Martin Buber, el juego es “la exaltación de lo posible”. Seamos, pues, posibilistas, y ¡a jugar!

Katia Hueso

PS Agradezco a Amphibia Kids la oportunidad de participar como ponente en la última presentación de la gira de Imagine Elephants, que tuvo lugar en Avilés el pasado 30 de junio