martes, 12 de marzo de 2019
Llega la Primavera a Saltamontes!!
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viernes, 8 de marzo de 2019
Mujer de naturaleza valiente
En un día tan simbólico como hoy,
queremos homenajear a una mujer admirable: artista, exploradora, científica,
pionera en muchos sentidos. Su mérito no estuvo sólo en todo lo que hizo, sino
en haberlo conseguido siendo una mujer nacida en el siglo XVII y, para más inri,
divorciada. Se trata de Maria Sybilla von Merian (Fráncfort, 2 de abril de 1647- Ámsterdam, 13 de enero de 1717). Hija de un grabador suizo, de quien heredó el
talento, puso en práctica sus habilidades artísticas al servicio de la ciencia.
Dibujó magistralmente especies de plantas e insectos de la región neotropical, al
principio a partir de ejemplares traídos a Europa, pero más tarde organizando
sus propias expediciones naturalistas a lugares como (lo que hoy es) Surinam. Fruto de ese
trabajo, llegó a describir especies nuevas para la ciencia y fue admirada por
el propio Linneo. Sentó las bases de la entomología moderna, pues no existía
hasta entonces un interés destacado en los insectos, considerados “criaturas
endiabladas”. Especialmente importante fue el estudio de la metamorfosis de los
lepidópteros, que hasta entonces se creía que surgían del barro por generación
espontánea. Fue también la primera ilustradora que representó a plantas y
animales juntos, mostrando las relaciones entre ellos y no sólo su morfología,
por lo que se la puede considerar precursora de la ecología. Su trabajo tiene
pues un doble mérito, científico y artístico, que aún hoy es valorado en ambos mundos. De hecho,
sus obras se cotizan al alza en el mercado del arte. Von Merian supo, pues,
aunar arte y naturaleza con rigor y sensibilidad. O, como ella misma
decía: “El arte y la naturaleza siempre estarán luchando hasta que finalmente
se conquisten uno al otro para que la victoria sea el mismo trazo y línea”.
sábado, 17 de noviembre de 2018
Cursos McGyver
Muchos profesionales nos
preguntan sobre la formación más adecuada para trabajar en escuelas en la
naturaleza como Saltamontes. No resulta una cuestión fácil de contestar. Un
acompañante en la naturaleza debe reunir cualidades personales y profesionales
complejas y diversas. Debe conocer muy bien el mundo de la infancia, los
procesos de desarrollo de los niños, las necesidades de la etapa en la que se
encuentran, etc. Igualmente ha de tener sensibilidad, afinidad, respeto a la
infancia. Ir mucho más allá del clásico “me gustan los niños”. Es decir, haber
completado una formación -desde la vocación- como maestro, pedagogo, psicólogo
o afín. Por otro lado, es una persona que debe conocer y, en la medida de lo
posible, haber experimentado las pedagogías activas, en las que es fundamental
el respeto al niño, la escucha activa, la observación libre de juicios de
valor, la comunicación no violenta, la gestión pacífica y no jerarquizada de
los conflictos, y todo ello sin caer en errores típicos como sobreanalizar lo
que está pasando o la autorregulación temeraria. Para todo ello, hace falta
algo más que leer libros o hacer formaciones de fin de semana. Hace falta mucha
experiencia y madurez, haber vivido, observado y analizado (a posteriori, eso sí) todo aquello que ha
sucedido. En el monte, con los niños, hace falta estar muy atento, muy alerta,
y al mismo tiempo transmitir confianza y serenidad. Y en último, pero no menos
importante, lugar debe ser una persona apasionada de la naturaleza. Que le
guste estar en ella, haga el tiempo que haga; que entienda sus procesos igual
que entiende los de los niños. Que sepa cómo moverse, cómo estar, cómo
respetarla, agradecer lo que nos da y devolverle lo que de ella tomamos. Ha de
tener también ganas de aprender, de indagar, de saber más, pues la naturaleza
siempre nos trae sorpresas. Para todo ello es además necesario tener una buena
forma física y una limpieza mental que permita acompañar a los niños con la
intensidad y entusiasmo que requiere, y hacerlo en un entorno tan complejo como
fascinante como es el medio natural.
Si además queremos crear
nuestro propio proyecto, la cosa se complica. Necesitaremos un perfil de
auténtico McGyver. A todo lo
anterior debemos añadir otras habilidades para gestionar el proyecto: Capacidad de comunicación en lenguajes muy diversos, que
nos permitan acercarnos a las familias, motivar a nuestro equipo y convencer a
la sociedad de lo que hacemos. Rigurosidad en áreas tan diversas como la
logística, la contabilidad y la seguridad de los niños. Pero, al mismo tiempo,
flexibilidad para adaptarse a las circunstancias cambiantes de la naturaleza y
a los intereses variables y variados de los niños. Y energía suficiente para hacer
todo esto con una sonrisa genuina en la cara. Abundan ahora los cursos que prometen en
pocas horas convertirse en un McGyver así. De cuatro años de carrera de
magisterio sales sólo parcialmente preparado para este trabajo. Sin embargo,
nos pretenden convencer de que estas formaciones, impartidas en unos pocos
fines de semana, nos capacitan para gestionar una escuela en la naturaleza. Con
palabras grandilocuentes y polisílabas, nos seducen diciendo que estamos sólo a
100 horas de alcanzar esa meta. Estos cursos pueden estar muy bien para
introducirse en algunos aspectos, que variarán en función del enfoque que cada institución
organizadora le quiera dar. Pero, dada la rápida proliferación de formatos y
entidades que ahora los ofrecen, el alumno ha de ser muy crítico a la hora de
entender y aceptar qué bagaje va a obtener de ellos. Indagando en el perfil del
profesorado y de la institución que los vende y la experiencia que éstos tienen; estudiando el programa para ver
si propone lo que necesita (prácticas, observación in situ, actividades en la naturaleza) y si el enfoque encaja con
esa visión de respeto y férrea defensa de la infancia y la naturaleza. Tampoco McGyver
se formó en un día ni lo hizo por correspondencia.
domingo, 4 de noviembre de 2018
martes, 2 de octubre de 2018
Perpetuum mobile
Cuando hablamos de educación
en la naturaleza, nos referimos a la importancia de “permanecer” en ella, más
que sólo “visitarla”. Por eso, muchas veces nos vemos impelidas a explicar que
en Saltamontes no “hacemos marchas” con los niños, sino que frecuentamos un
lugar, en el que realizan su juego espontáneo, interactúan con el espacio y reciben
de él lo que cada uno necesita. Pero a veces esas palabras conviene reforzarlas
con la vivencia real, que pude experimentar de nuevo recientemente y no hace
sino afianzar mi convencimiento sobre ello. Sirva pues esta anécdota personal
para ilustrar la importancia de la permanencia en la naturaleza para conectar
con nuestra esencia.
Un luminoso día de final
de verano decidimos dar un paseo en familia por la montaña. Aunque en esta
ocasión, en vez de pasear, nos detuvimos en un claro en el bosque para jugar un
rato. Lucía el sol, enmarcado por un azul profundo como sólo se ve en esas
altitudes. Hacía una temperatura muy agradable, ese fresco incipiente que tanto
vamos echando de menos por estas fechas. Reinaba el dulce olor del piorno y de
la resina de los pinos, recalentados tras el largo verano. Habíamos caminado
realmente poco, pero nos apeteció quedarnos allí. El juego se convirtió en
buscar elementos de la naturaleza que nos sorprendieran por alguna razón o que nos
provocaran alguna emoción. Así que escribimos nuestros nombres con palos,
encontramos piedras de diferentes colores y observamos patrones simétricos en
las plantas. Nos asombramos con el vuelo de los buitres ascendiendo en espiral
por una térmica, mientras allá en lo alto lucía la luna casi llena que aún no
se había puesto. Vimos también saltamontes de alas coloradas, una zarzamora en
plena crisis de personalidad, pues tenía flores y frutos maduros al mismo tiempo,
y seguimos a las hacendosas hormigas en su quehacer. Curioseamos otros insectos
cuya identidad desconocíamos, se nos acercó un petirrojo a conocernos a
nosotros y escuchábamos de fondo el tenue trino de los herrerillos en los cercanos
pinos. El juego poco a poco fue dejando paso a la contemplación, a la quietud,
a una introspección serena y feliz.
Pese a que el lugar era relativamente
transitado, los senderistas se detenían lo justo para saludar y recuperar el
aliento, por la cuesta que desembocaba en el lugar donde estábamos. Continuaban
después su camino, pertrechados de ropa técnica, bastones telescópicos y
mochilas de última generación. Y allí estábamos nosotros, sedentes y silentes,
como los bloques de granito bajo nuestras posaderas. Y fue ahí cuando comprendimos
el valor de permanecer en la naturaleza. Todo lo que vimos y vivimos aquella
mañana fue gracias a estar quietos en ese claro. Cuando íbamos de camino hacia
allí, sólo pudimos ver la tierra a nuestros pies, un muro de pinos que nos
flanqueaba a ambos lados y una estrecha cinta de cielo sobre nuestras cabezas. Como
además íbamos de charla, poco más nos llegaba del entorno. Fue sólo cuando nos
detuvimos que la naturaleza se fue desplegando ante nosotros poco a poco, con
calma, pero con generosidad. Comprendimos, pues, que esta sociedad nos empuja
siempre a avanzar en pos de algo que a veces ni sabemos lo que es (¿riqueza? ¿éxito?
¿felicidad?), pero esa sed de movimiento perpetuo es tan intensa que la reproducimos
incluso en nuestro tiempo de asueto. La naturaleza se convierte en un medio
para ese fin, en un mero escenario. Lo trágico es que ese impulso cinético nos
impide conectar con ella. Es muy difícil entender que la naturaleza es nuestra
esencia, si sólo la vemos pasar ante nuestros ojos, aunque sea al ritmo del
paso humano. La verdadera conexión precisa permanecer, estar… ser. Dejarla
llegar y recibirla con tiempo y respeto.
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