viernes, 8 de marzo de 2019

Mujer de naturaleza valiente

En un día tan simbólico como hoy, queremos homenajear a una mujer admirable: artista, exploradora, científica, pionera en muchos sentidos. Su mérito no estuvo sólo en todo lo que hizo, sino en haberlo conseguido siendo una mujer nacida en el siglo XVII y, para más inri, divorciada. Se trata de Maria Sybilla von Merian (Fráncfort, 2 de abril de 1647- Ámsterdam, 13 de enero de 1717). Hija de un grabador suizo, de quien heredó el talento, puso en práctica sus habilidades artísticas al servicio de la ciencia. Dibujó magistralmente especies de plantas e insectos de la región neotropical, al principio a partir de ejemplares traídos a Europa, pero más tarde organizando sus propias expediciones naturalistas a lugares como (lo que hoy es) Surinam. Fruto de ese trabajo, llegó a describir especies nuevas para la ciencia y fue admirada por el propio Linneo. Sentó las bases de la entomología moderna, pues no existía hasta entonces un interés destacado en los insectos, considerados “criaturas endiabladas”. Especialmente importante fue el estudio de la metamorfosis de los lepidópteros, que hasta entonces se creía que surgían del barro por generación espontánea. Fue también la primera ilustradora que representó a plantas y animales juntos, mostrando las relaciones entre ellos y no sólo su morfología, por lo que se la puede considerar precursora de la ecología. Su trabajo tiene pues un doble mérito, científico y artístico, que aún hoy es valorado en ambos mundos. De hecho, sus obras se cotizan al alza en el mercado del arte. Von Merian supo, pues, aunar arte y naturaleza con rigor y sensibilidad. O, como ella misma decía: “El arte y la naturaleza siempre estarán luchando hasta que finalmente se conquisten uno al otro para que la victoria sea el mismo trazo y línea”.



sábado, 17 de noviembre de 2018

Cursos McGyver


Muchos profesionales nos preguntan sobre la formación más adecuada para trabajar en escuelas en la naturaleza como Saltamontes. No resulta una cuestión fácil de contestar. Un acompañante en la naturaleza debe reunir cualidades personales y profesionales complejas y diversas. Debe conocer muy bien el mundo de la infancia, los procesos de desarrollo de los niños, las necesidades de la etapa en la que se encuentran, etc. Igualmente ha de tener sensibilidad, afinidad, respeto a la infancia. Ir mucho más allá del clásico “me gustan los niños”. Es decir, haber completado una formación -desde la vocación- como maestro, pedagogo, psicólogo o afín. Por otro lado, es una persona que debe conocer y, en la medida de lo posible, haber experimentado las pedagogías activas, en las que es fundamental el respeto al niño, la escucha activa, la observación libre de juicios de valor, la comunicación no violenta, la gestión pacífica y no jerarquizada de los conflictos, y todo ello sin caer en errores típicos como sobreanalizar lo que está pasando o la autorregulación temeraria. Para todo ello, hace falta algo más que leer libros o hacer formaciones de fin de semana. Hace falta mucha experiencia y madurez, haber vivido, observado y analizado (a posteriori, eso sí) todo aquello que ha sucedido. En el monte, con los niños, hace falta estar muy atento, muy alerta, y al mismo tiempo transmitir confianza y serenidad. Y en último, pero no menos importante, lugar debe ser una persona apasionada de la naturaleza. Que le guste estar en ella, haga el tiempo que haga; que entienda sus procesos igual que entiende los de los niños. Que sepa cómo moverse, cómo estar, cómo respetarla, agradecer lo que nos da y devolverle lo que de ella tomamos. Ha de tener también ganas de aprender, de indagar, de saber más, pues la naturaleza siempre nos trae sorpresas. Para todo ello es además necesario tener una buena forma física y una limpieza mental que permita acompañar a los niños con la intensidad y entusiasmo que requiere, y hacerlo en un entorno tan complejo como fascinante como es el medio natural.

Si además queremos crear nuestro propio proyecto, la cosa se complica. Necesitaremos un perfil de auténtico McGyver. A todo lo anterior debemos añadir otras habilidades para gestionar el proyecto: Capacidad de comunicación en lenguajes muy diversos, que nos permitan acercarnos a las familias, motivar a nuestro equipo y convencer a la sociedad de lo que hacemos. Rigurosidad en áreas tan diversas como la logística, la contabilidad y la seguridad de los niños. Pero, al mismo tiempo, flexibilidad para adaptarse a las circunstancias cambiantes de la naturaleza y a los intereses variables y variados de los niños. Y energía suficiente para hacer todo esto con una sonrisa genuina en la cara. Abundan ahora los cursos que prometen en pocas horas convertirse en un McGyver así. De cuatro años de carrera de magisterio sales sólo parcialmente preparado para este trabajo. Sin embargo, nos pretenden convencer de que estas formaciones, impartidas en unos pocos fines de semana, nos capacitan para gestionar una escuela en la naturaleza. Con palabras grandilocuentes y polisílabas, nos seducen diciendo que estamos sólo a 100 horas de alcanzar esa meta. Estos cursos pueden estar muy bien para introducirse en algunos aspectos, que variarán en función del enfoque que cada institución organizadora le quiera dar. Pero, dada la rápida proliferación de formatos y entidades que ahora los ofrecen, el alumno ha de ser muy crítico a la hora de entender y aceptar qué bagaje va a obtener de ellos. Indagando en el perfil del profesorado y de la institución que los vende y la experiencia que éstos tienen; estudiando el programa para ver si propone lo que necesita (prácticas, observación in situ, actividades en la naturaleza) y si el enfoque encaja con esa visión de respeto y férrea defensa de la infancia y la naturaleza. Tampoco McGyver se formó en un día ni lo hizo por correspondencia.



martes, 2 de octubre de 2018

Perpetuum mobile

Cuando hablamos de educación en la naturaleza, nos referimos a la importancia de “permanecer” en ella, más que sólo “visitarla”. Por eso, muchas veces nos vemos impelidas a explicar que en  Saltamontes no “hacemos marchas” con los niños, sino que frecuentamos un lugar, en el que realizan su juego espontáneo, interactúan con el espacio y reciben de él lo que cada uno necesita. Pero a veces esas palabras conviene reforzarlas con la vivencia real, que pude experimentar de nuevo recientemente y no hace sino afianzar mi convencimiento sobre ello. Sirva pues esta anécdota personal para ilustrar la importancia de la permanencia en la naturaleza para conectar con nuestra esencia.

Un luminoso día de final de verano decidimos dar un paseo en familia por la montaña. Aunque en esta ocasión, en vez de pasear, nos detuvimos en un claro en el bosque para jugar un rato. Lucía el sol, enmarcado por un azul profundo como sólo se ve en esas altitudes. Hacía una temperatura muy agradable, ese fresco incipiente que tanto vamos echando de menos por estas fechas. Reinaba el dulce olor del piorno y de la resina de los pinos, recalentados tras el largo verano. Habíamos caminado realmente poco, pero nos apeteció quedarnos allí. El juego se convirtió en buscar elementos de la naturaleza que nos sorprendieran por alguna razón o que nos provocaran alguna emoción. Así que escribimos nuestros nombres con palos, encontramos piedras de diferentes colores y observamos patrones simétricos en las plantas. Nos asombramos con el vuelo de los buitres ascendiendo en espiral por una térmica, mientras allá en lo alto lucía la luna casi llena que aún no se había puesto. Vimos también saltamontes de alas coloradas, una zarzamora en plena crisis de personalidad, pues tenía flores y frutos maduros al mismo tiempo, y seguimos a las hacendosas hormigas en su quehacer. Curioseamos otros insectos cuya identidad desconocíamos, se nos acercó un petirrojo a conocernos a nosotros y escuchábamos de fondo el tenue trino de los herrerillos en los cercanos pinos. El juego poco a poco fue dejando paso a la contemplación, a la quietud, a una introspección serena y feliz.

Pese a que el lugar era relativamente transitado, los senderistas se detenían lo justo para saludar y recuperar el aliento, por la cuesta que desembocaba en el lugar donde estábamos. Continuaban después su camino, pertrechados de ropa técnica, bastones telescópicos y mochilas de última generación. Y allí estábamos nosotros, sedentes y silentes, como los bloques de granito bajo nuestras posaderas. Y fue ahí cuando comprendimos el valor de permanecer en la naturaleza. Todo lo que vimos y vivimos aquella mañana fue gracias a estar quietos en ese claro. Cuando íbamos de camino hacia allí, sólo pudimos ver la tierra a nuestros pies, un muro de pinos que nos flanqueaba a ambos lados y una estrecha cinta de cielo sobre nuestras cabezas. Como además íbamos de charla, poco más nos llegaba del entorno. Fue sólo cuando nos detuvimos que la naturaleza se fue desplegando ante nosotros poco a poco, con calma, pero con generosidad. Comprendimos, pues, que esta sociedad nos empuja siempre a avanzar en pos de algo que a veces ni sabemos lo que es (¿riqueza? ¿éxito? ¿felicidad?), pero esa sed de movimiento perpetuo es tan intensa que la reproducimos incluso en nuestro tiempo de asueto. La naturaleza se convierte en un medio para ese fin, en un mero escenario. Lo trágico es que ese impulso cinético nos impide conectar con ella. Es muy difícil entender que la naturaleza es nuestra esencia, si sólo la vemos pasar ante nuestros ojos, aunque sea al ritmo del paso humano. La verdadera conexión precisa permanecer, estar… ser. Dejarla llegar y recibirla con tiempo y respeto.